jueves, 29 de noviembre de 2018

A MIS TÍOS (50 AÑOS JUNTOS)



   Hay quien dice que estamos en la era de la obsolescencia, todo es efímero, lo que hoy apreciamos porque nos sirve, mañana se convierte en un trasto inútil, nos cansamos enseguida de las cosas, y por qué no decirlo, de las personas. Á y J son un ejemplo de todo lo contrario, un ejemplo de que las relaciones, cuando se cuidan con dedicación, comprensión, paciencia,  entrega y amor, pueden perdurar para siempre. Hoy estamos aquí reunidos para celebrar sus bodas de oro, cincuenta años de matrimonio, que se dice pronto, pero que son una eternidad. Como dice Anne-Louise Germaine, “El amor es el emblema de la eternidad, confunde la noción del tiempo, borra toda la memoria de un comienzo y todo el temor de un final”.

   Yo era muy pequeño cuando Á y J unieron sus vidas y por tanto, no tengo memoria de los primeros años de su matrimonio. Mis recuerdos más remotos del tío A se remontan a mis visitas, los domingos por la tarde, a casa del abuelo S y de la tía D, yo no tendría más de 6 o 7 años. El tío E estaba siempre sentado en una mecedora, con sus gafas de culo de vaso, escuchando en la radio los resultados de los partidos de fútbol  y Á unas veces pintaba alguno de sus magníficos cuadros y otras intentaba arreglar una máquina de coser. Como sabían que se me daban bien las matemáticas, entre los dos me sometían a largos exámenes de cálculo mental, con multiplicaciones de dos cifras y tres cifras que no sé si yo resolvía correctamente porque nunca lo comprobaban.
   
   Unos años más tarde sí tuve ocasión de compartir con Á y J muchos veranos en la playa. Con la perspectiva del tiempo me doy cuenta, igual que muchos de los aquí presentes, de lo valientes que fueron al asumir la responsabilidad de embarcarse, año tras año, en la aventura estival de pasar las “vacaciones” en la playa. Eran casi tres meses seguidos a cargo de una caterva de críos, sus cuatro hijos y cinco o seis sobrinos, en un piso de no más de 80 metros cuadrados. Me parece admirable su capacidad organizativa, el esmero con el que siempre tenían todo a punto, las comidas, las ropas para las salidas vespertinas, las excursiones por la zona en el R12 ranchera amarillo en el que milagrosamente nos metíamos todos. No recuerdo una sola vez que mostraran un enojo desmedido ante las barrabasadas que unos u otros pudiéramos cometer y tanto Á como J demostraban siempre una habilidad enorme para mediar en las disputas entre hermanos o primos hasta conseguir que prevaleciera la paz. Muchas veces lo hemos comentado entre los primos, ya mayorcicos hoy día, y hemos coincidido en que los años del Mojón fueron, “los mejores años de nuestra vida”, y no cabe duda de que los artífices de aquellos maravillosos veranos fueron ellos.
   
   Han pasado varias décadas y ahí sigue nuestra “joven” pareja, algunos achaques van teniendo, sí, pero que gusto da verlos caminar por la calle, como si estuvieran iniciando su andadura juntos. Siempre muestran una sonrisa cuando te paras a hablar con ellos y están dispuestos a ayudar en lo que esté en su mano, y si no que se lo pregunten a Manuel, que en varias ocasiones ha compartido con el tío Á buenos ratos en el taller de la tienda de P. M., aprendiendo a utilizar los destornilladores y la lijadora eléctrica.
   
   Alguien dijo que resulta fácil entender que existe el amor a primera vista, mas lo prodigioso es que haya amor entre dos personas que se han mirado durante muchos años.


Felicidades, tíos Á y J por haber llegado hasta aquí y que cumpláis muchos más años juntos.


https://www.youtube.com/watch?v=d0GzbXLj-dQ

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