sábado, 27 de octubre de 2018

LA FARMACIA SANT ANDREU

   Petrus y Zola Rypff viajan en metro desde Plaza de Cataluña hasta la estación de Fabra i Puig, la más cercana a su hotel y al Parc Sportiu de Can Dragó. donde Heike Rypff lleva corriendo desde las 12 de la mañana en una prueba que dura 24 horas. Cuando está casi llegando al recinto deportivo suena el móvil de Petrus, es Heike que, aquejada por un fuerte dolor en el tobillo, pide a su marido que intente conseguirle algún analgésico local que le permita continuar la carrera con algo menos de dificultad. La tarea encomendada no parece fácil dado que estamos en una zona periférica de Barcelona y no parece que pueda haber una farmacia abierta cerca un sábado por la noche. Mientras piensa en qué solución puede dar a la situación planteada, de forma mecánica, gira la cabeza a la derecha y ve una farmacia iluminada pero con la persiana a medio bajar. Petrus dice a Zola: - Si nos apresuramos, quizás podamos entrar en esa farmacia antes de que cierren-. A la carrera, llegan a la puerta en el momento que un hombre con un mono blanco lleno de salpicaduras de pintura y una escalera al hombro, sale en dirección a ellos, les dice que está cerrado, que de hecho, están de reformas y que no han abierto al público en toda la semana. Pese a su decepción inicial, el Dr. Rypff no desespera y pregunta si está dentro el farmaceútico o alguien que pueda dispensar un medicamento. Al instante aparece desde la trastienda el que de forma cordial, dice ser el farmaceútico, y añade que lo siente mucho, pero no puede vendernos nada, porque está desconectado el sistema informático.
   Petrus le explica la urgencia del caso, le pide algo para calmar un dolor osteoarticular, aunque sea un gel, pomada o lo que sea. Se identifica como médico, sugiere varios nombres de analgésicos, incluido el conocido de todos, Réflex. Esta opción es tomada como buena por el boticario, entre otras cosas, porque lo tiene localizado en la vitrina de productos de uso común y se acuerda del precio, 12 €. Petrus se mira en la cartera y, qué casualidad, lleve exactamente esa cantidad, después del día de gasto que ha tenido con Zola. Dándole las gracias se despide del farmacéutico y pide a su hija que acelere el paso para aliviar a mamá el dolor de tobillo.
   Al llegar a la pista de atletismo, llama la atención el paso cansino que lleva la mayoría de los atletas. El cansancio empieza a hacer mella, llevan ya más de nueve horas corriendo. Anuncian por megafonia que de los 120 corredores de la partida, sólo quedan en competición 91. A su paso por la zona de meta, el marcador electrónico instalado ahí estratégicamente, marca para Heike 63.3 Km recorridos, lo que equivale a 148 vueltas. Aunque da muestras de cansancio y dolor en el pié, su cara refleja confianza y satisfacción. Está claro que en capacidad de sufrimiento y pundonor, no la supera ninguna de las cuatro campeonas del mundo de pruebas de 24 horas que lleva delante.
   Heike para en zona de bóxes para aplicarse el spray milagroso, al menos eso es lo que esperamos todos que sea. Tras acabar la operación y beber dos sorbos de bebida isotónica, reemprende la marcha, lanzando previamente un tímido beso a Petrus, que admira el grácil correr de su esposa cuando lleva más de 9 horas y media al galope, por algo es conocida, entre sus compañeros de entreno, como la gacela de Heidelberg.

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