jueves, 25 de octubre de 2018

DULCE RUGIDO

   Tras subir un comentario a una red social en la que firma con su nombre, el Dr. Rypff recapacita en el coche mientras se dirige desde su residencia, en las afueras de la ciudad, hasta el centro, donde está situado el hospital donde trabaja como psiquiatra desde hace casi quince años. 
    
     Empieza la consulta con la dedicación de siempre, pero no puede evitar pensar en el comentario subido al Facebook, se dice de forma reiterada que no es el foro adecuado para exponer una vivencia profesional, sobre todo si esa vivencia se produjo en un juicio al que fue citado, junto con otros compañeros, como perito, y máxime cuando en esa vista se juzgaba un asunto muy turbio, que a buen seguro iba a salir en los medios de comunicación locales, como pudo comprobar posteriormente.
   
   A media mañana hace una pequeña pausa para tomar un café y aprovecha para quitar de forma preventiva el comentario subido a la red, no sabe si alguien lo habrá leído ya, pero sólo han pasado 2 horas y media y seguro que pocas personas habrán accedido a lo expuesto. No quedándose tranquilo decide consultar sus dudas en la Asesoría Jurídica del Hospital, cuyas abogadas en otras ocasiones han sido muy amables y eficientes.
  
    El Dr. Rypff siempre ha sido una persona ecuánime y autoexigente en lo referido a la ética profesional y la confidencialidad de sus pacientes, pero nunca antes había escrito sobre sus experiencias profesionales, y albergaba alguna duda sobre si plasmar en una red social sus vivencias en la consulta, podría originar algún problema ético-legal.

   La repuesta dada por las profesionales del derecho le deja totalmente desconcertado porque le vienen a decir, después de una larga conversación, que no puede utilizar sus vivencias en la consulta para escribir, ni en una red social, ni en cualquier otro foro, blog o medio de difusión. El argumento es que el médico no es dueño de la información que obtiene de un paciente o su familia, que como profesional se debe a la institución para la que trabaja y que es poco ético sacar partido de la profesión para hacer algo que no sea velar por la salud de los pacientes. Ante la contestación de las "ilustradas" letradas, el Dr Rypff se queda bastante contrariado, más bien como si se hubiera "tragado un cazo". No obstante, continúa, como sí nada hubiera ocurrido, pasando la consulta. Casi al final de la jornada entra en el despacho un paciente que no estaba citado esa mañana, se le ve apurado y cuenta que necesita un informe de forma urgente porque tiene que presentarlo en un juicio que se celebra al día siguiente. Aunque no es práctica habitual, el Dr. Rypff le hace el informe solicitado, lo que origina un mayor retraso en el desarrollo de la consulta, haciendo esperar aún más al último paciente de la larga lista de pacientes citados.
  
    Cuando por fin termina la dura jornada de trabajo, se dispone a abandonar el hospital, comprueba que le está esperando el paciente del informe en compañía de una mujer que presenta un aspecto muy cuidado y que resulta ser su abogada. Se presenta como H.R., le entrega una tarjeta de visita y le comenta que le estaban aguardando para agradecerle la deferencia de haber realizado un informe tan completo con tanta celeridad, sobre todo porque su contenido podría ser crucial en el inminente juicio. El Dr. Rypff intenta quitar importancia a lo ocurrido, comenta que forma parte de su trabajo y que no merece tanto elogio. La abogada hace un gesto a su defendido, invitándole a que se marche a casa y, dirigiéndose al galeno le dice que se siente en deuda con él, ofreciéndole sus servicios de abogada para cualquier asunto legal que pudiera tener en el futuro. De pronto el Dr. Rypff se acuerda del incidente de la mañana en la asesoría jurídica, le cuenta lo ocurrido y la respuesta de H.R. no se hace esperar, le pide que mire la tarjeta de visita, el Dr.Rypff comprueba que H. tiene un puesto importante en el Colegio de Abogados y H. le dice que no haga ningún caso a sus colegas en lo referente a escribir, que siempre que no revele el nombre del paciente e información confidencial, la ética profesional y el derecho a la confidencialidad están salvaguardados, es decir, que escriba lo que quiera.Ya en la calle, los dos fuman plácidamente un cigarrillo mientras departen sobre derecho médico y otras cuestiones más mundanas. Cuando termina su pitillo, H.R. saca unas llaves de su bolso, se despide amablemente del Dr. Rypff y se dirige a una enorme motocicleta aparcada junto a la acera, levanta la tapa situada detrás del asiento y extrae un precioso casco de color negro azabache, se lo coloca en la cabeza, se sube cual amazona y arranca la Harley Davidson último modelo. Segundos después hace el gesto típico de los "metaleros" y sale disparada calle arriba. Tras ella sólo queda el "dulce rugido" de una máquina de ensueño y la cara estupefacta del Dr. Rypff.

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