martes, 19 de agosto de 2014

CRISTINA Y LA JIMAGUA (II)

    Aunque como estudiante había visitado en no pocas ocasiones la capital, ahora La Habana presentaba un aspecto distinto, más radiante, más suyo. Lo único que llevaba mal era el recuerdo de su hermana María y las lecturas nocturnas con su madre, las echaba de menos no tanto por el contenido de las historias que compartían sino por el clima mágico que se creaba entre las tres.

    Cristina siempre se había mantenido hasta ahora ajena a la vida política de su país, sabía que gobernaba Fulgencio Batista desde hacía muchos años pero ignoraba que éste era la cabeza visible de un régimen corrupto y dictatorial. Cuando empezó a frecuentar los círculos intelectuales de La habana, invitada por una de sus compañeras,  fue tomando conciencia de la situación e informándose de los avances que desde el Este de la isla iba realizando un grupo de revolucionarios liderados por un tal Fidel Castro. 

    A la capital las noticias que llegaban sobre las escaramuzas guerrilleras que se iniciaron en Sierra Maestra hacía ya dos años, eran de todo punto manipuladas y censuradas, siempre según los intereses del dictador y su ejército. Un día de Febrero de 1958 llegó a la residencia de Cristina un telegrama enviado desde el pueblo por su madre, tuvo un mal presentimiento y un escalofrío recorrió su escuálida osamenta. Con avidez y temblor al mismo tiempo abrió el sobre y pudo leer el siguiente texto: “Tu hermano Francisco fallecido en la guerra defendiendo a la Patria en Santiago”. 

    Pese a que lo importante e irreversible era la muerte de su hermano, apenas dos años mayor que ella, no podía evitar plantearse el interrogante de en qué bando estaba Francisco y no lo supo hasta días después, cuando acudió al funeral, celebrado con honores de héroe y presidido por un capitán del ejército de Batista. Un gesto de rabia se dibujó en su rostro, rápidamente abortado por Adela, su hermana mayor. La represión contra todo aquel que mostrara simpatía por los insurgentes era creciente y despiadada lo que alentó el espíritu revolucionario en Cristina, aunque ello en alguna ocasión entrara en colisión con el hecho de que el ejército comandado por Fidel Castro hubiera dado muerte a su querido hermano.


    Pasaron los meses y el 1 de Enero de 1959 se proclamó definitivamente el triunfo del Ejército Revolucionario ante la algarabía generalizada del pueblo cubano. Tres meses más tarde Cristina acudió a una fiesta que se celebraba en un céntrico restaurante de La Habana, acompañada por Clara, su compañera en la escuela y su mejor amiga, ambas habían sido invitadas por el novio de Clara, suboficial del nuevo ejército revolucionario. El trasiego de militares por el local era incesante pero Cristina se fijó especialmente en un joven vestido de paisano, embutido en un elegante traje de lino blanco. Sus miradas se cruzaron en un par de ocasiones hasta que el desconocido se acercó a la mesa de Cristina y amablemente la invitó a bailar, sonaba una conga del Conjunto Casino. Durante el baile intercambiaron algunas frases de presentación y más de un arrumaco concupiscente  y de vuelta a la mesa, ya había una silla dispuesta para el joven por Clara, que unos minutos antes se había percatado de la cara de satisfacción de su amiga. El joven en cuestión se llamaba Armando Mendoza y era médico en el Hospital General de La habana. De vuelta a casa Cristina, poco dada a hablar de su vida privada, confesó a su amiga su convencimiento de que Armando era el hombre de su vida.

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