domingo, 6 de enero de 2013

AL LÍMITE

   Lola me recibió en su habitación del hospital con gesto poco amigable, acababa de tener una fuerte discusión con su madre y pensé si era buen momento para intervenir, pero lo había prometido a mi compañero cirujano y decidí que no era buena opción posponer la visita. 
   Cuando se calmó un poco se disculpó (cosa muy extraña en ella porque raramente muestra intención de cambiar su posicionamiento, generalmente obstinado) y me dijo que la guerra no iba conmigo, me halagó que me confesara que yo era una de las pocas personas en quién confiaba. 
   Llevaba varios días negándose a comer con el pretexto de que no le "pasaba" ningún alimento. Por la historia clínica sabía que no había ninguna obstrucción que justificara su queja. Me dijo que no perdiera el tiempo con ella porque lo que quería era morirse ya que la convivencia con su madre era insostenible y no tenía a nadie más que pudiera ayudarle. Le propuse que ya resolveríamos el problema de su posterior "ubicación" pero que ahora se hacía necesario que empezara a alimentarse para no poner en peligro lo único que le quedaba, su vida. Insistió en que esa era la salida que había elegido y me volvió a decir que la dejara en paz. 
  Tenía un poco de prisa porque en la consulta aguardaban varios pacientes y no avanzábamos demasiado. No obstante mantuvimos una dura "negociación" durante otros 20 minutos tras los cuales se comprometió a que reconsideraría su postura. Quedamos finalmente para el día siguiente y me despedí de ella, se quedó postrada en su cama con los ojos rasos y mirada aliviada, cuando estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta me pidió que me acercara y al hacerlo me plantó un beso tierno en la mejilla y en un susurro casi imperceptible, creí entender que me daba las gracias. Por el pasillo avancé reconfortado, diciendo para mis adentros: "Bien hecho".

No hay comentarios: