martes, 8 de enero de 2013

75 MINUTOS


Hace aproximadamente un año vi por primera vez a la madre de Santiago, un chico de 28 años, medio payo y medio gitano. Se presentó sin cita en la consulta para hablarme de su hijo y pedirme que le actualizara las recetas que mi predecesor en el hospital le venía haciendo desde hacía años. Santiago iba a ingresar en prisión por un robo cometido hacía tiempo y estaba desesperado porque, por otras veces, sabía que en la cárcel no le iban a administrar su “maravilloso” Tranxilium 50 mg. Tras cumplir 8 meses salió del “talego” en Noviembre y desde entonces ha cometido unas cuantas fechorías y por supuesto realiza consumos de todo tipo de drogas que combina con los tranxilium y trankimazines que consigue del médico de cabecera o del mercado negro. Por fin se presentó en la consulta hace 1 mes, vino acompañado de sus padres y su aspecto era bastante peculiar, llamaba la atención su larga melena negra recién lavada y lo maqueado de su atuendo, se notaba que su madre lo había preparado para ir al médico, pero este pulcro aspecto no podía esconder su falta de cuidado crónico que era evidente por las numerosas mellas de su dentadura, el amarillo de los dedos a causa de la nicotina y otros detalles que ahora no merece la pena mencionar. Nada más entrar en el despacho dejó claro a lo que venía, a que le recetara su tranxilium 50. Le indiqué que prefería antes conocer su situación actual y sus antecedentes médico-psiquiátricos, que me hablara de su biografía personal, de su familia, etc. Con un discurso bastante empobrecido y a veces atropellado me fue facilitando la información requerida y me pude hacer una imagen mental apropiada de todo. Enseguida me pidió de nuevo con urgencia su receta.
Durante unos segundos me quedé mirando a sus padres que hasta ese momento habían permanecido callados, casi ausentes. Su madre, Dolores, esbozó una sonrisa nerviosa que transmitía al mismo tiempo desesperación, impotencia y sobre todo dolor. Sin yo preguntarle me contó que Santiago es el quinto de ocho hijos, uno de los cuales, Pedro, también estuvo enganchado a las drogas hasta que hace 4 años falleció en los calabozos de la Guardia Civil y añadió: “No sé si se suicidó o lo suicidaron”. Unos instantes después tomó la palabra el padre que se presentó como José y me dijo: “ Mire usted, con mi hijo no pierda el tiempo porque es un cabrón que no tiene solución, no hace caso de nada de lo que le decimos y algún día le pasará lo mismo que a su hermano”. En este punto le interrumpí y me giré hacia Santiago que a pesar de sus maneras de psicopatón tenía mucho respeto o más bien miedo a su padre, hizo una mueca  de incredulidad por lo que había escuchado y a continuación dijo: “Ve usted, doctor, así son mis viejos, mi padre sólo sabe meterse conmigo pero no cuenta que él se emborracha casi todos los días…”.
Aquí de nuevo interrumpí y dirigiéndome a los tres, hice un comentario respecto al estilo de comunicación que estaban utilizando en la consulta y que seguramente en su casa sería siempre bastante más subido de tono al no estar presente un “moderador”. Creo que captaron el mensaje porque a partir de ese momento no volví a escuchar ni una sola descalificación en tono hiriente. Llegado este momento me planteé varias opciones para continuar la entrevista y opté por la más osada, que fue sacar de mi maletín un relato que días atrás había escrito mi hija, que tituló “Vida de un drogadicto”, que tenía como protagonista a Víctor un toxicómano de veintitrés años y que a mí me había impresionado mucho. No voy a desvelar el contenido del escrito, sólo diré que tiene un final trágico y que en su desarrollo guarda muchas similitudes con la biografía de Santiago. La idea era que Santiago leyera el texto, pero al comprobar su bajo nivel de instrucción para la lectura, le pregunté si prefería que lo leyera yo y él asintió aliviado.
    Mientras iba leyendo, de vez en cuando levantaba la mirada del texto para comprobar la reacción que iba provocando en Santiago y sus padres. Cuando terminé de leer, la expresión de Dolores era un poema, se puso a llorar con una mezcla de dolor, emoción y alivio a la vez, José estaba emocionado y soltó un “es lo que yo le digo de mi Santiago”. Por fin dirigí la mirada a Santiago, que, al fin y al cabo, es el protagonista de esta historia y uno de mis retos profesionales en este momento, estaba como aplastando con su espalda el respaldo de la silla  y su cara transmitía perplejidad, estaba “knock out” como un boxeador después de recibir una soberana paliza.
      
  Les di tiempo para recomponerse y dirigiéndome a los tres les dije: “Entre todos no vamos a permitir que a Santiago le pase como al protagonista de la historia, pero esto es una guerra muy larga en la que se puede perder alguna batalla”. Creo que me entendieron muy bien y Santiago se puso en pié y extendiéndome la mano me dijo: “Doctor, le prometo que no vuelvo a probar ni la heroína ni la farlopa, a mí no me va a pasar como al Víctor ese, y por cierto, dé un beso a su hija de mi parte”.
  Soy consciente de que el problema de Santiago no va a tener una solución fácil y lo más seguro es que tenga muchas recaídas en el consumo de drogas pero estoy convencido de que la entrevista mantenida va a suponer un antes y un después en su familia. Les dediqué una hora y cuarto, y los pacientes que venían después tuvieron que ser muy pacientes, pero ninguno protestó.



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